Familia, sabéis que desde hace algún tiempo estoy liado con el árbol genealógico. Ahora estoy intentando recabar historias, recuerdos, anécdotas de la familia, para intentar documentarlas y que no se pierdan. Os adjunto una de ellas que espero que os guste y os resulte cuando menos curiosa.
A continuación se transcribe el diario de la peregrinación a Roma en 1930, que hizo Martín Lorenzo Crespo Iglesias, junto con otros 1000 peregrinos en tren desde Madrid, este diario se conserva en cinta leído por Papá (Lorenzo Crespo Gutiérrez) en poder de Ignacio Rafael Crespo Reig:
Notas de mi viaje
Día 10 (Se supone que de Marzo)
Salimos de Madrid con gran contento vitoreando a la Virgen del Pilar. Tiempo fresquito y lluvioso. La conversación, gran rato versa sobre política, planes a realizar. Llegamos a Arcos de Jalón y paramos una hora por rotura de un eje del tren, afortunadamente, nada. Se pone a votación el adquirir algo de bebestible, osea zumo de uva. Gana el si, y bajamos en Ariza a por dos litros para cuatro, pero que vino!, esencia puro, gordo y muy tinto, pero con un gusto al paladar soberbio, luego comemos y pasamos al vagón restaurante a tomar café, es mediano pero el cobro es muy bueno.
Zaragoza, paro, bajo, compro y escribo la tarjeta que habrás recibido y dormitando continuamos el viaje a Barcelona. En Zaragoza se nos agrega un aragonés muy simpático, mas simpático que las pesetas. El dice que siendo portadores de la Virgen del Pilar en la solapa seremos sus defensores. La coversación se desliza contándonos serios episodios de la última intentona revolucionaria de Zaragoza, da pánico y mientras se consumen los cigarrillos, y entre el azul del humo se deshilvanan algunos chistes.
Llegamos a Mora la Nueva, ya son Catalanes. Por mas señas, bajamos a por pan y algo de merienda y ellos se obstinan en hablar catalán pero nosotros queremos que hablen el castellano, ¿cómo?, muy sencillo, a alguien se le ocurre que al pagar damos 10 céntimos de menos y en correcto castellano dicen "Señores, faltan 10 céntimos", y les decimos "ya lo sabemos, y para que se vea lo interesados que son por 10 céntimos hablan ustedes el castellano".
Cena, por mi parte algo floja, emoción, cansancio y de todo, pero en fin: Barcelona. Impresión: Estación bonita, grande y bien cuidada, población a vista de pájaro grande pero sin la suntuosidad tantas veces dicha. El servicio de tranvías es permanente pero los coches vistos tienen mucho que desear. Llegada, fonda, es mitad y mitad, de lo de tantas veces dicho, de luz en la escalera nos vimos alumbrados con una humilde cerilla y a dormir, son las doce y veinte de la noche. Fin de este día.
Día 12
Son las cuatro y media de la mañana, forma de llamar de mi compañero Don Beltrán de Lis, un buen meneo a la cama y enseguida a misa. En distintos altares ofician hasta quice sacerdotes, después de misa un paseo breve y a la fonda de la estación a desayunar. La fonda es algo sobrio, muy bien de lujo y orden, vimos la estuatua de Colón, bonita pero no tanto como me la ponderaron. Entrada al tren, un poco de confusión por ser el número de los que vamos, de mil pero los encargados del orden lo hacen con perfecta decisión y en pocos momentos todo queda arreglado.
Salida: el paisaje, muy bonito, la cuenca del Llobregat también muy bonita, mucha viña y frutales en flor, al llegar próximos a Port Bou, se divisa entre altas montañas un brazo de nuestro y bien cantado Mare Nostrum, cantado por Blasco Ibáñez. En Port Bou paramos media hora y voy comisionado para echar al correo del grupo que formamos ocho. Nos dan una caja con el almuerzo, osea la comida que decimos, muy bonita, muy bien presentada, pero poco alimenticia, otros compraron más, yo tenía dos filetes de repuesto. Las cajas tenían tortilla a la francesa, una loncha de lengua de escarlata y una loncha de jamón en dulce, dos vienas, una porción de queso, naranja, plátano, un vaso de papel, media botella de vino, tenedor, cuchillo, en fin muy bonito, pero muy poco. El agua la regalaban.
Viajeros al tren, a la salida de la estación y al dejar España, yo puesto en pie invito a todos a que descubiertos demos un Viva España y Viva la Virgen del Pilar. Es contestado con gran entusiasmo y trasmitido de vagón en vagón hasta las dieciséis grandes unidades que el convoy componen.
Cerbere, cambio de tren, frontera francesa, muy correctos, muy amables, no nos miran el equipaje, se ve que tienen confianza en nosotros, pero al cambiar algo de dinero en francos son unos pillos, lo cambian a la par, quedándoles una utilidad del cuarenta por ciento.
Tren francés, hay tercera de lujo, algo serio, nuestro tren los lleva corrientes muy semejantes al español. El viaje se desliza con gran contento de la gente joven, paisaje maravilloso, hay trayectos en los que el tren marcha por encima del agua. Vemos desde el tren las salinas del mediterráneo, campiña de viñas en general, la agricultura muy cuidada, que hace a los efectos ópticos muy bonito conjunto. Vemos en nuestra marcha sobre tierra francesa pueblos grandes, muy blancos y un cementerio muy cuidado con cruces. Pasamos una gran ría canalizada, había un barco, efecto muy bonito.
Narbone, doce minutos, todo el mundo a tierra a estirar las piernas. Tocan la salida y hay efectos cómicos por las prisas. El paisaje se desliza imponente.
Bessiers, paramos dos minutos. A Don Angel se le abre el bolso de mano y Perella descubre la lluvia de caramelos que recibirá con gran algazara. La marcha continua monótona en espera de Marsella donde tendremos cena. Y dos cuartos de hora antes de Marsella paramos en Set de donde habrás recibido las postales. Es precioso, el rio canalizado lo cruza.
En la compra de las postales la inmensa mayoría hizo el primo dieron pesetas a cambiar y cobraron como querían. Yo di tres lindas perras gordas por tres e iban que chutaban. Una para cañete, otra para Doña Tiburcia y otra para Lorencín, y siga la velocidad.
Montpellier, el tren para unos segundos, bajan tres jóvenes, uno sube normal el otro se engancha al final y el otro se queda sin subir. André, gran conocedor de los asuntos ferroviarios por medio de flechas tiradas en ruta, telegrafió el hecho a Montpellier, esperemos el resultado, ya veremos. Seguimos
Nimes, gran población francesa, calles limpias, algo lejos se divisan dos cúpulas, dicen que es la catedral y un globo se mueve en el espacio. Sin noticias del desaparecido. La marcha continúa, esperemos.
Tarascon, parada breve pero debe de ser importante por que encima de nuestra estación hay un cruce de líneas y está bañada por un importante río. En este momento me dicen que es el Ródano. Tenemos a la izquierda un puente colgante, que es una maravilla, varias barcas se dedican a la pesca, y como son las seis de la tarde el crepúsculo da un panorama bonito. Sigue la velocidad, siete y media, Marsella a la vista, resulta en la noche un foco inmenso de luz. Cenaremos en la fonda, esperamos tener platos de caliente.
Marsella, fonda, algo grandioso, en casi formación militar vamos la comedor, se ve en las caras asombro, el menú no estuvo mal pero picamos con el vino. Don Ángel y Don Pablo se atreven con una pequeña botella de blanco que pagan la bonita cifra de cinco, cincuenta. Entre cuatro mas del grupo pagamos dos, veinticinco por una modesta botella de vinillo de Arganda. He de advertir que los grupos son de ocho, el nuestro lo formamos cinco caballeros del Pilar, otro muchacho de la juventud de Covadonga y otros dos Mallorquines. Hemos formado un grupo bien y los chistes y el buen humor son derrochados, pues es lo que mas barato se cotiza.
La dama que expende los sellos es algo fresca pues valiendo cero, noventa se queda con la vuelta. A la salida de la estación se extiende una gran escalinata de piedra, con iluminación fantástica. El paseo fue pequeño pero agradable. Al tren y ante la inmensidad de la noche optamos por dormir. ¿Cuánto?, cinco hora, Niza a la vista. En la estación, detalle olvidado, dejamos en Marsella un enfermo.
Niza, en la estación una gran columna, reloj al final, de blanco iluminado las horas y de rojo las manillas, lo que se ve por estar en lo alto de la vía férrea, resulta bonito, algo precioso, luego el mar baña la vía.
Montecarlo, ciudad del vicio, pasamos de largo. A las seis, misa sobre la marcha, con comunión y en espera del desayuno. La lluvia cae pausadamente, saturando los fértiles campos, sorprendente y siga la velocidad. Otro detalle olvidado, los trenes italianos que ellos llaman carroza di tutti, son muy incómodos y malos, dos gruesos no caben en los asientos y los caravinieri, con mucha finura nos miran con rigurosidad todas las maletas.
Agua, mucha agua, pero según el cantar, déjala correr, la bolsa de la comida no está mal, falta de pan, tiene huevos duros, medio pollo asado, loncha de mortadela, porción de queso, paquete de bizcocho, naranjas, dos botellas de vino, y agua. Por pan dos bollos ms pequeños que los de Madrid de diez céntimos, seis palillos, sal y vaso con una libreta madrileña, confirmar que en este momento faltan doscientos veinte kilómetros para Roma.
Llegada a Roma, muy largo de detallar, pero no omitiré detalles cómicos, busca y captura de la pensión destinada, dos días de amplio sol y dos de lluvia torrencial. Vi varias cosas de emoción intensa pero la mayor fue pasar con mi bandera desplegada al viento por las salas del Vaticano, se destacaba más que ninguna por tres razones, la primera eran todas blancas, y la nuestra tiene franjas moradas, la segunda por ser la más hermosa en tamaño, y la tercera por que los rayos de luz que del Pilar salen, hacen ver a los ciegos.
Marcho bajo una lluvia torrencial, vamos a misa a las cinco y media de la mañana, desayuno y a la estación a las siete. Don Ángel trae un gran recuerdo de Roma después de pagar en varios sitios una lira por su paraguas, no sabe donde lo ha perdido. También recordaré la parábola del niño perdido, ya ha llegado a Roma el muchacho perdido en Montpellier, se incorporó a nosotros el primer día de estancia en Roma. El enfermo de Marsella no se como seguirá.
Estación, todos colocados, el tren en marcha, siendo la vuelta igual a la venida, haré omisión de ella, sólo los hechos salientes los iré relatando. El tren en marcha me dan la carta que tuviste a bien escribirme, a la salida de Roma un fraile franciscano ondea la hermosa bandera bicolor que es recibida con grandes vítores y aplausos. Monótono sigue el viaje hasta que cruzando próximo a Génova, una gigantesca ola, se introduce por las ventanas abiertas, lavando la cara y als ropas a todo el que pilla a su paso. El que participó de la ducha de nuestro grupo fue Don Ángel, algazara general.
Génova, para breves minutos, los suficientes para apreciar la grandiosidad del paisaje. Liborno, nos proveen de la bolsa alimenticia, bastante bien servida. La botella del vino, pero vacía la conservamos para recuerdo por ser muy bonita. Por el camino de venida, van quedando varios rezagados, veremos cuando llegan a Madrid.
Ventimiglia, cena en el hotel suizo, muy abundante y bien servida, humorismo, nos obsequien con varias piezas de bandurria y guitarra, al final tocan la marcha real que puestos en pie, se escucha, terminando con una atronadora salva de aplausos. Paso breve para apreciar las bellezas de la tierra, tren en marcha y a dormir. A las once, Montecarlo a la vista. Buena iluminación general, hay fuegos artificiales, y en el muelle una muchedumbre inmensa los contempla. Desde luego la ciudad ofrece por su gran iluminación un buen efecto artístico.
Niza, imposible describir, en honor al patriarca San José desde las tres de la mañana se celebran misas. Set, que barullo para los desayunos, por café nos dan agua de fregar, sólo vale para calentar el cuerpo, y a pesar de haber mas de un centenar de pepes en la peregrinación no nos obsequian a tantos. Pensión de la escritura en espera de la comida.
Los Pirineos a la vista, detrás, tierra que debía de ser española pero envenenada por el vil separatismo no lo es. Después de comer opíparamente, por la frescura de varios del grupo, estando reposando el café y cigarro puro por el retorno a la querida patria, hace su presencia en nuestro vagón un nen que si de verdad es llevado como en silla gestatoria en recorrido triunfal de coche en coche, como despedida de nuestro querido compañero neoyorquino Conradini. El bondadoso Don Ángel le obsequia con varias medallas de nuestra grande y nunca bien ponderada patrona La Virgen del Pilar.
Hurra, tres y media, a la vista el Tibidabo. Barcelona, llega el tren a las cuatro menos veinticinco. Nos enteramos de los horarios y nos vamos a pasear. Don Pablo se siente enfermo y se queda en un restaurante, nos vamos Don Ángel y yo y en tres horas recorremos la ciudad en tranvía y autobús. Lo suficiente para formar idea y como complemento llevo un buen álbum de postales. El viaje que hacemos es algo molesto por tener que cambiar de tren en Mora. Pero nos ahorramos la noche de Barcelona, por cuatro horas de dormir y en malas condiciones nos cobraron tres pesetas, cincuenta.
Así llegamos a Zaragoza, Dios Mediante a las seis de la mañana. Otro detalle olvidado con arrepentimiento, vimos en las catacumbas una conversión. Estando visitando las catacumbas, es requerido Don Ángel para confesar a un señor que desde que tomó la primera comunión no había vuelto a pisar la iglesia. Hecho de doble éxito por el tiempo transcurrido y por el origen del hecho.
Continúa la interrumpida narración, llegamos a Mora, transbordo, y como tarda una hora el tren, tornamos al enfermo a la fonda. Don Pablo sigue malucho, continúa el viaje a Zaragoza y llegamos a las seis y veinte. Derechitos al Pilar, y a las ocho misa de comunión, oficia Don Ángel y rezamos tres rosarios, visita a la Seo y después a la ciudad, que está más guapa cada día. Nos gastamos las pocas perras que nos quedan. Don Pablo queda acostado en la fonda, y luego la comida en la fonda del Pilar. Nos sirven muy bien, sopa de puré de patata con tropiezos de jamón, diversos entremeses, luego merluza, y después cordero asado con patatas, frutas, vinos y café, total con desayuno a cinco pesetas por persona.
Nota triste, en Zaragoza estación, los peregrinos que vienen de Barcelona, nos dan la triste noticia de la muerte del anciano padre de Don Ángel. No nos atrevemos a comunicárselo a su hijo. Veremos si tenemos valor para hacerlo mas próximos a Madrid en donde habrá de enterarle necesariamente. Ya la pena invade los ánimos menos el de él, ajeno a cuanto le rodea y sigue enseñando todas sus compras. El viaje va con bastante retraso. Son las diez, hora de estar en Madrid y sin embargo estamos en Guadalajara, pienso si me esperaréis, yo desearía que no por la mala noche del niño, veremos. Hago combinaciones de tomar un ómnibus grande pues por lo menos seis llevamos el mismo camino.
FIN
Notas de mi viaje
Día 10 (Se supone que de Marzo)
Salimos de Madrid con gran contento vitoreando a la Virgen del Pilar. Tiempo fresquito y lluvioso. La conversación, gran rato versa sobre política, planes a realizar. Llegamos a Arcos de Jalón y paramos una hora por rotura de un eje del tren, afortunadamente, nada. Se pone a votación el adquirir algo de bebestible, osea zumo de uva. Gana el si, y bajamos en Ariza a por dos litros para cuatro, pero que vino!, esencia puro, gordo y muy tinto, pero con un gusto al paladar soberbio, luego comemos y pasamos al vagón restaurante a tomar café, es mediano pero el cobro es muy bueno.
Zaragoza, paro, bajo, compro y escribo la tarjeta que habrás recibido y dormitando continuamos el viaje a Barcelona. En Zaragoza se nos agrega un aragonés muy simpático, mas simpático que las pesetas. El dice que siendo portadores de la Virgen del Pilar en la solapa seremos sus defensores. La coversación se desliza contándonos serios episodios de la última intentona revolucionaria de Zaragoza, da pánico y mientras se consumen los cigarrillos, y entre el azul del humo se deshilvanan algunos chistes.
Llegamos a Mora la Nueva, ya son Catalanes. Por mas señas, bajamos a por pan y algo de merienda y ellos se obstinan en hablar catalán pero nosotros queremos que hablen el castellano, ¿cómo?, muy sencillo, a alguien se le ocurre que al pagar damos 10 céntimos de menos y en correcto castellano dicen "Señores, faltan 10 céntimos", y les decimos "ya lo sabemos, y para que se vea lo interesados que son por 10 céntimos hablan ustedes el castellano".
Cena, por mi parte algo floja, emoción, cansancio y de todo, pero en fin: Barcelona. Impresión: Estación bonita, grande y bien cuidada, población a vista de pájaro grande pero sin la suntuosidad tantas veces dicha. El servicio de tranvías es permanente pero los coches vistos tienen mucho que desear. Llegada, fonda, es mitad y mitad, de lo de tantas veces dicho, de luz en la escalera nos vimos alumbrados con una humilde cerilla y a dormir, son las doce y veinte de la noche. Fin de este día.
Día 12
Son las cuatro y media de la mañana, forma de llamar de mi compañero Don Beltrán de Lis, un buen meneo a la cama y enseguida a misa. En distintos altares ofician hasta quice sacerdotes, después de misa un paseo breve y a la fonda de la estación a desayunar. La fonda es algo sobrio, muy bien de lujo y orden, vimos la estuatua de Colón, bonita pero no tanto como me la ponderaron. Entrada al tren, un poco de confusión por ser el número de los que vamos, de mil pero los encargados del orden lo hacen con perfecta decisión y en pocos momentos todo queda arreglado.
Salida: el paisaje, muy bonito, la cuenca del Llobregat también muy bonita, mucha viña y frutales en flor, al llegar próximos a Port Bou, se divisa entre altas montañas un brazo de nuestro y bien cantado Mare Nostrum, cantado por Blasco Ibáñez. En Port Bou paramos media hora y voy comisionado para echar al correo del grupo que formamos ocho. Nos dan una caja con el almuerzo, osea la comida que decimos, muy bonita, muy bien presentada, pero poco alimenticia, otros compraron más, yo tenía dos filetes de repuesto. Las cajas tenían tortilla a la francesa, una loncha de lengua de escarlata y una loncha de jamón en dulce, dos vienas, una porción de queso, naranja, plátano, un vaso de papel, media botella de vino, tenedor, cuchillo, en fin muy bonito, pero muy poco. El agua la regalaban.
Viajeros al tren, a la salida de la estación y al dejar España, yo puesto en pie invito a todos a que descubiertos demos un Viva España y Viva la Virgen del Pilar. Es contestado con gran entusiasmo y trasmitido de vagón en vagón hasta las dieciséis grandes unidades que el convoy componen.
Cerbere, cambio de tren, frontera francesa, muy correctos, muy amables, no nos miran el equipaje, se ve que tienen confianza en nosotros, pero al cambiar algo de dinero en francos son unos pillos, lo cambian a la par, quedándoles una utilidad del cuarenta por ciento.
Tren francés, hay tercera de lujo, algo serio, nuestro tren los lleva corrientes muy semejantes al español. El viaje se desliza con gran contento de la gente joven, paisaje maravilloso, hay trayectos en los que el tren marcha por encima del agua. Vemos desde el tren las salinas del mediterráneo, campiña de viñas en general, la agricultura muy cuidada, que hace a los efectos ópticos muy bonito conjunto. Vemos en nuestra marcha sobre tierra francesa pueblos grandes, muy blancos y un cementerio muy cuidado con cruces. Pasamos una gran ría canalizada, había un barco, efecto muy bonito.
Narbone, doce minutos, todo el mundo a tierra a estirar las piernas. Tocan la salida y hay efectos cómicos por las prisas. El paisaje se desliza imponente.
Bessiers, paramos dos minutos. A Don Angel se le abre el bolso de mano y Perella descubre la lluvia de caramelos que recibirá con gran algazara. La marcha continua monótona en espera de Marsella donde tendremos cena. Y dos cuartos de hora antes de Marsella paramos en Set de donde habrás recibido las postales. Es precioso, el rio canalizado lo cruza.
En la compra de las postales la inmensa mayoría hizo el primo dieron pesetas a cambiar y cobraron como querían. Yo di tres lindas perras gordas por tres e iban que chutaban. Una para cañete, otra para Doña Tiburcia y otra para Lorencín, y siga la velocidad.
Montpellier, el tren para unos segundos, bajan tres jóvenes, uno sube normal el otro se engancha al final y el otro se queda sin subir. André, gran conocedor de los asuntos ferroviarios por medio de flechas tiradas en ruta, telegrafió el hecho a Montpellier, esperemos el resultado, ya veremos. Seguimos
Nimes, gran población francesa, calles limpias, algo lejos se divisan dos cúpulas, dicen que es la catedral y un globo se mueve en el espacio. Sin noticias del desaparecido. La marcha continúa, esperemos.
Tarascon, parada breve pero debe de ser importante por que encima de nuestra estación hay un cruce de líneas y está bañada por un importante río. En este momento me dicen que es el Ródano. Tenemos a la izquierda un puente colgante, que es una maravilla, varias barcas se dedican a la pesca, y como son las seis de la tarde el crepúsculo da un panorama bonito. Sigue la velocidad, siete y media, Marsella a la vista, resulta en la noche un foco inmenso de luz. Cenaremos en la fonda, esperamos tener platos de caliente.
Marsella, fonda, algo grandioso, en casi formación militar vamos la comedor, se ve en las caras asombro, el menú no estuvo mal pero picamos con el vino. Don Ángel y Don Pablo se atreven con una pequeña botella de blanco que pagan la bonita cifra de cinco, cincuenta. Entre cuatro mas del grupo pagamos dos, veinticinco por una modesta botella de vinillo de Arganda. He de advertir que los grupos son de ocho, el nuestro lo formamos cinco caballeros del Pilar, otro muchacho de la juventud de Covadonga y otros dos Mallorquines. Hemos formado un grupo bien y los chistes y el buen humor son derrochados, pues es lo que mas barato se cotiza.
La dama que expende los sellos es algo fresca pues valiendo cero, noventa se queda con la vuelta. A la salida de la estación se extiende una gran escalinata de piedra, con iluminación fantástica. El paseo fue pequeño pero agradable. Al tren y ante la inmensidad de la noche optamos por dormir. ¿Cuánto?, cinco hora, Niza a la vista. En la estación, detalle olvidado, dejamos en Marsella un enfermo.
Niza, en la estación una gran columna, reloj al final, de blanco iluminado las horas y de rojo las manillas, lo que se ve por estar en lo alto de la vía férrea, resulta bonito, algo precioso, luego el mar baña la vía.
Montecarlo, ciudad del vicio, pasamos de largo. A las seis, misa sobre la marcha, con comunión y en espera del desayuno. La lluvia cae pausadamente, saturando los fértiles campos, sorprendente y siga la velocidad. Otro detalle olvidado, los trenes italianos que ellos llaman carroza di tutti, son muy incómodos y malos, dos gruesos no caben en los asientos y los caravinieri, con mucha finura nos miran con rigurosidad todas las maletas.
Agua, mucha agua, pero según el cantar, déjala correr, la bolsa de la comida no está mal, falta de pan, tiene huevos duros, medio pollo asado, loncha de mortadela, porción de queso, paquete de bizcocho, naranjas, dos botellas de vino, y agua. Por pan dos bollos ms pequeños que los de Madrid de diez céntimos, seis palillos, sal y vaso con una libreta madrileña, confirmar que en este momento faltan doscientos veinte kilómetros para Roma.
Llegada a Roma, muy largo de detallar, pero no omitiré detalles cómicos, busca y captura de la pensión destinada, dos días de amplio sol y dos de lluvia torrencial. Vi varias cosas de emoción intensa pero la mayor fue pasar con mi bandera desplegada al viento por las salas del Vaticano, se destacaba más que ninguna por tres razones, la primera eran todas blancas, y la nuestra tiene franjas moradas, la segunda por ser la más hermosa en tamaño, y la tercera por que los rayos de luz que del Pilar salen, hacen ver a los ciegos.
Marcho bajo una lluvia torrencial, vamos a misa a las cinco y media de la mañana, desayuno y a la estación a las siete. Don Ángel trae un gran recuerdo de Roma después de pagar en varios sitios una lira por su paraguas, no sabe donde lo ha perdido. También recordaré la parábola del niño perdido, ya ha llegado a Roma el muchacho perdido en Montpellier, se incorporó a nosotros el primer día de estancia en Roma. El enfermo de Marsella no se como seguirá.
Estación, todos colocados, el tren en marcha, siendo la vuelta igual a la venida, haré omisión de ella, sólo los hechos salientes los iré relatando. El tren en marcha me dan la carta que tuviste a bien escribirme, a la salida de Roma un fraile franciscano ondea la hermosa bandera bicolor que es recibida con grandes vítores y aplausos. Monótono sigue el viaje hasta que cruzando próximo a Génova, una gigantesca ola, se introduce por las ventanas abiertas, lavando la cara y als ropas a todo el que pilla a su paso. El que participó de la ducha de nuestro grupo fue Don Ángel, algazara general.
Génova, para breves minutos, los suficientes para apreciar la grandiosidad del paisaje. Liborno, nos proveen de la bolsa alimenticia, bastante bien servida. La botella del vino, pero vacía la conservamos para recuerdo por ser muy bonita. Por el camino de venida, van quedando varios rezagados, veremos cuando llegan a Madrid.
Ventimiglia, cena en el hotel suizo, muy abundante y bien servida, humorismo, nos obsequien con varias piezas de bandurria y guitarra, al final tocan la marcha real que puestos en pie, se escucha, terminando con una atronadora salva de aplausos. Paso breve para apreciar las bellezas de la tierra, tren en marcha y a dormir. A las once, Montecarlo a la vista. Buena iluminación general, hay fuegos artificiales, y en el muelle una muchedumbre inmensa los contempla. Desde luego la ciudad ofrece por su gran iluminación un buen efecto artístico.
Niza, imposible describir, en honor al patriarca San José desde las tres de la mañana se celebran misas. Set, que barullo para los desayunos, por café nos dan agua de fregar, sólo vale para calentar el cuerpo, y a pesar de haber mas de un centenar de pepes en la peregrinación no nos obsequian a tantos. Pensión de la escritura en espera de la comida.
Los Pirineos a la vista, detrás, tierra que debía de ser española pero envenenada por el vil separatismo no lo es. Después de comer opíparamente, por la frescura de varios del grupo, estando reposando el café y cigarro puro por el retorno a la querida patria, hace su presencia en nuestro vagón un nen que si de verdad es llevado como en silla gestatoria en recorrido triunfal de coche en coche, como despedida de nuestro querido compañero neoyorquino Conradini. El bondadoso Don Ángel le obsequia con varias medallas de nuestra grande y nunca bien ponderada patrona La Virgen del Pilar.
Hurra, tres y media, a la vista el Tibidabo. Barcelona, llega el tren a las cuatro menos veinticinco. Nos enteramos de los horarios y nos vamos a pasear. Don Pablo se siente enfermo y se queda en un restaurante, nos vamos Don Ángel y yo y en tres horas recorremos la ciudad en tranvía y autobús. Lo suficiente para formar idea y como complemento llevo un buen álbum de postales. El viaje que hacemos es algo molesto por tener que cambiar de tren en Mora. Pero nos ahorramos la noche de Barcelona, por cuatro horas de dormir y en malas condiciones nos cobraron tres pesetas, cincuenta.
Así llegamos a Zaragoza, Dios Mediante a las seis de la mañana. Otro detalle olvidado con arrepentimiento, vimos en las catacumbas una conversión. Estando visitando las catacumbas, es requerido Don Ángel para confesar a un señor que desde que tomó la primera comunión no había vuelto a pisar la iglesia. Hecho de doble éxito por el tiempo transcurrido y por el origen del hecho.
Continúa la interrumpida narración, llegamos a Mora, transbordo, y como tarda una hora el tren, tornamos al enfermo a la fonda. Don Pablo sigue malucho, continúa el viaje a Zaragoza y llegamos a las seis y veinte. Derechitos al Pilar, y a las ocho misa de comunión, oficia Don Ángel y rezamos tres rosarios, visita a la Seo y después a la ciudad, que está más guapa cada día. Nos gastamos las pocas perras que nos quedan. Don Pablo queda acostado en la fonda, y luego la comida en la fonda del Pilar. Nos sirven muy bien, sopa de puré de patata con tropiezos de jamón, diversos entremeses, luego merluza, y después cordero asado con patatas, frutas, vinos y café, total con desayuno a cinco pesetas por persona.
Nota triste, en Zaragoza estación, los peregrinos que vienen de Barcelona, nos dan la triste noticia de la muerte del anciano padre de Don Ángel. No nos atrevemos a comunicárselo a su hijo. Veremos si tenemos valor para hacerlo mas próximos a Madrid en donde habrá de enterarle necesariamente. Ya la pena invade los ánimos menos el de él, ajeno a cuanto le rodea y sigue enseñando todas sus compras. El viaje va con bastante retraso. Son las diez, hora de estar en Madrid y sin embargo estamos en Guadalajara, pienso si me esperaréis, yo desearía que no por la mala noche del niño, veremos. Hago combinaciones de tomar un ómnibus grande pues por lo menos seis llevamos el mismo camino.
FIN
